Alex Méndez no es un sicario común. Es un operador estratégico. Durante más de diez años ha ejecutado contratos exclusivos para gobiernos, cárteles y redes clandestinas. No improvisa. Diseña operaciones. Y nunca falla.
A los cuarenta y dos años acepta su último encargo.
Veinte millones de dólares.
El objetivo: un exgeneral del régimen de Saddam Hussein, desaparecido tras la guerra y protegido en Cuba por un coronel del alto mando militar. Dos hombres con información que jamás debe salir a la luz.
El terreno es hostil.
Inteligencia cubana. Vigilancia constante. Seguridad militar cerrada.
Un país convertido en fortaleza.
Alex estructura la misión como una operación de guerra: rutas de infiltración, puntos de extracción, planes alternos, contingencias letales. Pero para penetrar el círculo íntimo del objetivo necesita un acceso humano.
Recluta a una bailarina que trabaja en los Cayos Santa María.
Lo que comienza como una variable estratégica se convierte en un factor impredecible. En una misión donde cada segundo cuenta y cada error se paga con sangre, Alex descubre que su enemigo no es solo el objetivo.
Es el sistema.
Y esta vez, el sistema está preparado para cazarlo.